El impacto del 9 de abril en Cali y el Valle del Cauca

Carlos Andrés Charry Joya


Abstract

From a procedural perspective, this article explores and analyzes the forms of social configuration of regional power during the years prior to the assassination of Jorge Eliécer Gaitán and the impact that his murder had on such processes. The author highlights the position achieved by marginal social groups as a consequence of the sociopolitical transformations that occurred during the decades of 1930 and 1940. He also discusses the tensions present among the established sectors and how, after April 9th 1948, a considerable change in the equilibrium of power between social sectors occurred and altered the previous trend.


1. Introducción

Sin lugar a dudas uno de los hechos más traumáticos de la historia política nacional de la primera mitad del siglo XX fue el asesinato del líder populista Jorge Eliécer Gaitán, ocurrido el 9 de abril de 1948. Suceso que, como lo indi can los principales estudios sobre este periodo, sacudió las principales forma de organización social y política de la sociedad colombiana de aquel entonces Más de cincuenta años después este acontecimiento sigue siendo funcional para evaluar y elaborar interpretaciones alternativas de lo acontecido en nuestro paí durante esos años.1

Sobre los sucesos del 9 de abril se han entretejido múltiples interpretaciones muchas de las cuales son resultado de la combinación de diversos imaginario sociales en los que caben diversas interpretaciones del magnicidio, desde una conflagración de carácter político hasta la idea de una especie de complot internacional. No obstante, la diversidad de tales imaginarios y las múltiples interpretaciones que lo han revestido sugieren la necesidad de identificar las características sociológicas de tales formas del devenir histórico. Es por esto que conviene preguntarse si es posible pensar al 9 de abril como un acontecimiento histórico más allá del asesinato de Jorge Eliécer Gaitán y de lo ocurrido aquella tarde de 1948. Con esto se pretende encontrar herramientas interpretativas que permitan rastrear las huellas del proceso social que dicho acontecimiento refleja. Por esa misma vía resultaría relevante determinar la incidencia de este acontecimiento en el proceso de configuración del Estado-nación en Colombia, con el fin de contemplar la influencia de las variaciones que tuvo esta experiencia histórica a nivel regional.2

No obstante, lo cierto es que cualquier intento de interpretar los sucesos del 9 de abril toca de manera sensible las estrechas interdependencias que existen entre representaciones sociales y formas de interacción social, situación que tiende a hacerse más compleja debido a que la mayoría de estudios muestra una tendencia a caracterizar el asesinato de Jorge Eliécer Gaitán como un acontecimiento que partió en dos la vida social y política del país, en una compleja interconexión de elementos, entre los que se cuentan el conflicto bipartidista, la lucha entre clases sociales, la pugna territorial y, de forma seguida, La Violencia.3 Es por esto que las repercusiones del asesinato del líder populista son un escenario propicio para discutir las características generales de tales interpretaciones, y así determinar si éste partió en dos la vida social y política de Cali y la región del Valle del Cauca; o si, por el contrario fue una situación que, de todas maneras, generó modificaciones importantes en las formas de interdependencia recíprocas configuradas por los distintos sectores sociales de dicha época, formas de relación social que fueron determinantes en la configuración de "nuevas" pautas y mecanismos de regulación social del poder y que terminarían afectando el desarrollo social posterior a dicho acontecimiento.4

En este sentido, este ensayo busca analizar de manera experimental los sucesos del 9 de abril en Cali y el Valle del Cauca como una situación liminar de características no planeadas, que propició modificaciones importantes en las pautas desarrollo social y, por consiguiente, de configuración del campo social de la época,5 siendo ésta una ocasión en la que las fuerzas sociales que interactuaban en la ciudad y la región experimentaron un desequilibrio que terminó promoviendo redefiniciones importantes en las formas sociales de organización y distribución del poder.

Se propone entonces que los contrastes derivados de las complejas formas de estructuración social pueden dar cuenta de la significación social de estos acontecimientos en la vida pública de Cali y de la zona bajo su influencia. Para tal efecto, y a partir de la presentación de un modelo alternativo de interpretación de los sucesos (2), serán puestas a consideración las situaciones críticas a través de las cuales se fue estructurando el proceso de cambio y conflicto social (3), elementos a través de los cuales se espera elaborar algunas conclusiones de carácter provisional acerca de la influencia y del impacto del 9 de abril en Cali y el Valle del Cauca en dicho proceso formativo (4).

2. El nueve de abril como un estado liminar en la historia política nacional

El desarrollo de las ciencias sociales en Colombia ha establecido como una especie de consenso implícito que el asesinato de Jorge Eliécer Gaitán representó el punto de no retorno del traumático periodo de violencia política denominado con el nombre de La Violencia.6 Este grupo de interpretaciones, a grandes rasgos, oscila entre la idea de considerar al desarrollo social colombiano de dicha época como una especie de revolución social frustrada,7 pasando por aquellos análisis que interpretaron lo ocurrido como la configuración de la mayor lucha de clases que haya vivido la sociedad colombiana durante el siglo XX,8 hasta relacionar las dinámicas de reproducción social de este periodo con un proceso de derrumbamiento o dislocamiento del Estado.9 Dentro de dicho marco interpretativo, las aproximaciones efectuadas a los acontecimientos del 9 de abril en Cali y el Valle del Cauca se han visto inclinadas a afirmar que después del denominado Bogotazo éstos eran los hechos más significativos, debido a la influencia que habían ejercido en el juego de relaciones de poder a nivel nacional, lo cual – según se afirma – obedecía a un redireccionamiento del conflicto político.10

De modo seguido a la descripción de los sucesos del 9 de abril en Cali, suele hacerse referencia a los aparentemente "traumáticos" acontecimientos ocurridos en la cercana población de Puerto Tejada, denominados coloquialmente como el Puertotejazo. Según afirmaban algunas versiones, en la población nortecaucana furibundos liberales "asesinaron a algunos conservadores notables, los decapitaron y posteriormente jugaron fútbol con sus cabezas [...]"11. Sin embargo, la pronta reacción del entonces coronel de la Tercera Brigada, Gustavo Rojas Pinilla, se encargó de disipar las revueltas y devolver el orden a la ciudad de Cali y sus proximidades.12 El espectro analítico que proveen tales interpretaciones no varía mucho de la idea de afirmar que la insurrección del 9 de abril en Cali fue "una explosión esencialmente anárquica y de muy corta duración",13 y de interpretarlos como la reproducción frenética de un conjunto de frustraciones sociales consecuente con una trágica lucha de clases.14 Se afirma que "el levantamiento popular ocurrido en Cali puede catalogarse en términos generales como espontáneo, de corta duración y sin ningún tipo de coordinación", cuya "[...] falta de orientación se demuestra con el desbordamiento indiscriminado",15 acontecimientos que trajeron como consecuencia la toma por parte de los revolucionarios de la estación central del Ferrocarril del Pacífico, la destrucción de la central telefónica y del acueducto, así como el saqueo y la devastación de importantes medios de comunicación y almacenes.16

En todo caso, lo que resulta claro es que los hechos ocurridos en Cali y la región sugieren la consideración de preguntas adicionales, que permiten indagar si el conflicto configurado respondía de forma directa al conflicto bipartidista, si en términos concretos las acciones "aberrantes" ocurridas en Puerto Tejada tenían una conexión con la dinámica adquirida por los hechos en Cali o, si por el contrario, existían otras pautas y escenarios de configuración y reproducción del conflicto que superaban el plano de confrontación liberal-conservador o la lucha de clases.17

En este sentido, al analizar el problema del 9 de abril desde un referente teórico alternativo, se llega a la consideración de dos escenarios que pueden ser aprovechados desde enfoques distintos, pero que permiten ser correlacionados para el análisis y la interpretación que se propone. Por un lado, es posible hacer una lectura de los sucesos desde la perspectiva dada por la teoría de los procesos sociales de Norbert Elías, especialmente desde el capítulo referido a las relaciones entre establecidos y marginados. Según Elías, este tipo de relaciones se caracterizan por el uso de parte de los grupos establecidos de todos sus medios a favor -además de los materiales y económicospara mantener su posición de privilegio en las dinámicas de reproducción social. Según este modelo, los grupos establecidos poseen mayores niveles de cohesión social que les permiten ejercer un poder simbólico (el estigma) sobre los marginados, mientras que estos últimos son grupos sociales de reciente formación o que sufren la falta de mecanismos concretos de integración social, bien sea por la incidencia de los grupos establecidos, por su dispersión, o por las relaciones mismas que se establecen en el proceso de interacción recíproca entre individuos y grupos sociales. Desde esta perspectiva, las dinámicas entre los grupos establecidos y marginados se inscriben en una dinámica social no planeada, es decir, en una dinámica en la que ninguno de los participantes del juego tiene la completa capacidad de direccionar el proceso social en su conjunto.18

Del otro lado se encuentra la idea de leer los sucesos del 9 de abril como un movimiento en contra del orden social establecido, movimiento que fue -al igual que el gaitanismodesprestigiado y reducido a las expresiones de revuelta alocada, sin coordinación, que terminó en el crimen y en el salvajismo del pueblo, legitimándose con esto la representación que las elites tenían del orden social, un orden que había sido puesto en entredicho por las expresiones de barbarie de las masas.

En líneas generales dicho relato se compagina con las descripciones que los antropólogos hacían de los ritos de paso, en donde en la fase liminar -estudiada a profundidad por Victor Turner-19 suele efectuarse una reducción simbólica, una invisibilidad estructural, de los sujetos individuales y/o colectivos que experimentan el cambio, llegando a considerárseles como menos que humanos. Tales formas de reducción simbólica se despliegan a partir de un proceso de exageración e incluso de distorsión de los referentes simbólicos que son funcionales para el ordenamiento y la estructuración de la sociedad, situación que por lo demás suele ser la pauta de configuración de una relación de tipo establecidos/marginados. Sin embargo, lo particular de este tipo de situaciones es que la fase liminar cumple, de alguna manera, una función "pedagógica", expresando y poniendo en evidencia lo no-social, con lo cual se le da sentido al orden social y simbólico que "debe ser", o bien que suele ser aceptado o que espera ser impuesto.20 Por lo general, los seres liminares que son objeto de la transformación simbólica pasan de un estado en donde las dinámicas y comportamientos son de carácter estable, es decir, poseen un estatus y un rol específico dentro de la estructura y desarrollo social, y pasan a otro distinto pero de iguales características de estabilidad. Mientras tanto la fase liminar no posee tales características, por lo cual suele ser representada como situaciones caóticas, cuyos actores son comparados con monstruos y son vistos como seres peligrosos y contaminantes.21

Es por ello interesante observar, tal y como lo ha anotado el historiador Ricardo Arias para el caso del Bogotazo, cómo esta situación histórica había sido "[...] una oportunidad más para deslegitimar al exterior social: el populacho, los revoltosos, los salvajes"; una situación en la que lo esencial para los sectores dirigentes era "[...] condenar un movimiento que amenazaba, como nunca antes había sucedido en nuestra historia, el orden social establecido. Para ello -según Ariasa un movimiento con claros tintes sociales y políticos se le descontextualizó completamente de la realidad nacional para reducirlo tan sólo a la política expansionista del comunismo internacional, y a sus actores se le dieron los peores epítetos para reducirlos al nivel de los más peligrosos y bestiales criminales".22

Este tipo de formas de configuración social guiada por la celotipia entre los grupos sociales implicados, que se encuentra de manera evidente en la mayoría de referencias especializadas sobre el periodo de La Violencia -situaciones que pueden ser rastreadas hasta el inicio del periodo republicano a partir de la interdependencia configurada entre bolivarianos y santanderistas, es de donde emerge el interés por interpretar a los sucesos del 9 de abril como un situación liminar de características no planeadas en las dinámicas de reproducción social en Colombia.23 Se parte de la idea de identificar que en el trasfondo de una figuración entre establecidos y marginados suelen configurarse altos niveles de invisibilidad estructural que pueden terminar en formas complejas de enemistad instantánea, tal y como lo ha anotado el sociólogo-historiador holandés Cas Wouster en una ampliación de los fundamentos dejados por la teoría de N. Elias. Según Wouster, en las relaciones entre establecidos y marginados el conflicto tiende a desarrollarse a través de un entramado de significación en el que se inmiscuyen sentimientos de superioridad e inferioridad, los cuales se hacen manifiestos y se exacerban cuando los equilibrios de poder entre individuos y los sectores sociales que éstos representan tienden a estrecharse, partiendo del supuesto de Elias de que el conflicto tiende a ser mayor cuando las proporciones (ratios) de poder entre grupos sociales implicados se acercaban, o cuando los inestables equilibrios de poder entre éstos se reducían a favor de los grupos menos privilegiados en el orden social.24

Dichas situaciones de exacerbación de los sentimientos de superioridad e inferioridad suelen ser descritos y señalados infinidad de veces a través de distintas perspectivas, tanto en el conflicto bipartidista, como en los conflictos derivados en la formación de sectores y clases sociales, que dieron una línea y casi un estilo a las interpretaciones sobre el fenómeno de La Violencia.25 No obstante, lo que con muy pocas excepciones se menciona es el papel que jugó el gaitanismo en dicho proceso como un movimiento social que elevó el lugar simbólico y el papel político de los grupos sociales menos favorecidos, obligando -en algunas regionesa una reducción de las proporciones (ratios) de poder entre sectores sociales.26 Como se mostrará más adelante, dichas pautas de interdependencia se convierten en un escenario propicio para la aprehensión de las formas en que las dimensiones simbólicas de reproducción social son un componente indispensable para la explicación de los procesos sociales de cambio. Aun más cuando las formas de reproducción simbólica que suelen aparecer en las relaciones entre establecidos y marginados (y los ratios de poder que de ellos se derivan) se convierten en un elemento indispensable para la interpretación de las dinámicas propias de la formación del Estado y de construcción de la nación.27

3. Conflicto y estructuración social en el Valle del Cauca

Los años veinte y treinta: Transformaciones en la estructura social vallecaucana

Para la época en la que se inscriben los acontecimientos del 9 de abril, la región del Valle del Cauca venía experimentando drásticas transformaciones en su morfología social. Se percibe, por un lado, la emergencia de nuevos sectores y pautas de organización: se constata, por ejemplo, una clase trabajadora en proceso de formación, un sector campesino en proceso de disolución y la emergencia de un proletariado agrícola de amplias dimensiones pero disperso, así como la aparición de sindicatos y otras organizaciones políticas de carácter popular;28 procesos que se fueron desarrollando de forma paralela a la modernización de otros sectores sociales (la transición de antiguos terratenientes a industrialescomerciantes que suele ser reseñada).29 No obstante, esta profunda reorganización social genera la necesidad de identificar los arreglos de poder suscitados entre los grupos que interactuaban en los procesos de transición y ajuste social relativos al periodo en cuestión, pues sus formas de organización y ubicación dentro del campo social (situs) se encontraban delimitadas por entramados complejos, en donde la tensión de fuerzas entre y al interior de estos intensificaba los niveles estructurales del conflicto.

En términos generales, la figura que suele ser presentada para el caso del Valle del Cauca es aquella en donde la formación de una clase obrera se asocia con el proceso de transformación de un campesinado itinerante que, en conjunción con el proceso de formación de la industria azucarera, permitió la configuración de asentamientos más estables y regulares, dinámica que significó a su vez una pérdida considerable de la tenencia de la tierra por parte de la población campesina, la cual, en buena parte, pasaría -en cuestión de unos cuantos lustrosa ocupar posiciones de dependencia como jornaleros.30 Según se afirma, este proceso se desarrolló en el marco del restringido control sobre la tierra que ejercían los distintos caciques políticos de la región (liberales y conservadores indistintamente), situación que conduciría a una intensificación en las formas de reproducción del conflicto hacia los años 40, a través del cual se instauró la era de La Violencia en el del Valle del Cauca.31 Mientras tanto, en medio de tal dinámica, la ciudad de Cali se iba convirtiendo en el epicentro de un movimiento de masas en el cual se articularon demandas de distinto orden, desde luchas obreras hasta el mejoramiento de la prestación de servicios públicos, demandas que fueron articuladas por el movimiento liderado por Ignacio Torres Giraldo y el periódico La Humanidad.32

La documentación analizada nos permite afirmar que el movimiento social configurado por La Humanidad logró inquietar de manera considerable los nervios de los sectores dirigentes de la región. Así lo expresaba el comunicado emitido el 10 de abril de 1928 por el gobernador del Valle, Carlos Holguín Lloreda, al presidente de la república, en el que se notificaba que las injerencias de este movimiento estaban afectando la vida apacible de los ciudadanos de buena honra.33 En otro comunicado, emitido por el gobernador del Cauca el 24 de abril de ese mismo año, se informaba de manera alarmante que la movilización comunista liderada por el periódico La Humanidad había trascendido las fronteras del departamento del Valle, llegando a influenciar poblaciones caucanas cercanas que ya contaban con un gran número de integrantes, entre los que al parecer se encontraba un importante núcleo de población negra.34

Por estas razones se considera aquí que el proceso de formación de grupos y sectores sociales no puede ser comprendido si se atiende de manera exclusiva a las dinámicas de dominación capitalista generadas por el crecimiento de la industria azucarera, que para la época era un proceso en ciernes. Los procesos de conformación de grupos y sectores sociales dan cuenta de una dinámica caracterizada por la confluencia de otro tipo de cambios en el desarrollo social regional, como la conformación de un eje de intercomunicaciones terrestres,35 y la emergencia de un sector comercial a partir de la migración de un importante grupo de familias y de capitales, que gracias a la apertura del Canal de Panamá y del Ferrocarril del Pacífico, lograron incrementar los volúmenes de movilización e intercambio de mercancías,36 haciendo que las pautas de interdependencia entre los distintos sectores de la sociedad fuesen más fluidas y, por consiguiente, mucho más complejas.

De esta manera, lo que se puede inferir es que al final de los años veinte y durante toda la década de 1930 la estructura social vallecaucana experimentaba la constitución de grupos sociales algo bien diferenciados, o que se encontraban en un proceso de diferenciación creciente, situación que por lo demás se extendería y se haría más conflictiva hacia la segunda mitad de la década de 1940, por la incidencia misma del gaitanismo en dicho proceso. Se encuentra una configuración social compuesta, por un lado, por una élite azucarera y un grupo de comerciantes y terratenientes; del otro, un sector popular compuesto de modo heterogéneo por obreros, campesinos, artesanos y profesionales de distintas ramas, articulados a las múltiples y diversas formas de reproducción económica.37

Es por ello que el proceso de cambio social vivido por la región puede dar cuenta de un tipo de figuración entre establecidos y marginados, cuyos conflictos se fueron intensificando al ritmo de los niveles contrapuestos, pero interdependientes, de cohesión interna y externa entre tales grupos sociales. Para el caso de los sectores establecidos se constata la consolidación de un influyente sector que se había formado desde las primeras décadas del siglo XX en torno al ala radical del conservatismo, el borrerismo de Pablo Borrero, y que tenía al Diario del Pacífico como su principal medio de difusión política. En él participaban como socios personajes Hernando Caicedo, Fortunato Garcés y diversos integrantes de la familia Borrero. Este sector se constituyó como el grupo de presión que intervino para la conformación del Departamento del Valle, y, por lo sus vínculos familiares y/o de amistad entre sus miembros, fue a su vez el promotor de importantes asociaciones de carácter social (entre ellas la Cámara de Comercio de Cali y la Sociedad de Agricultores del Valle), vínculos que trascendieron los intereses localistas, configurando redes de interés que poco a poco hicieron colapsar el sistema de rivalidades que existía desde el siglo XIX entre las principales familias de las grandes ciudades de la región, especialmente entre Cali y las más radicales como Buga y Palmira (asociadas con el liberalismo desde el S.XIX) y Cartago (asociada con el conservatismo).38

Hacia el lado de los grupos marginados se constata que las formas de organización social de los sectores populares comenzaron a superar las demandas individualizadas de cada gremio o sector. En los años treinta se identifica una reactivación en el proceso de integración de sectores sociales populares, el cual se cristalizó a partir de la conformación de la Casa del Obrero y en la Casa Jorge Eliécer Gaitán (tempranamente creada en 1931). Si bien ambas organizaciones estaban adscritas a tendencias contrapuestas del liberalismo, es importante recalcar que fueron organizaciones altamente funcionales tras el vacío que dejó la disolución del movimiento de Torres Giraldo, pues cumplieron la tarea de ser la bisagra de las demandas de distintos grupos y sectores sociales de extracción popular.39

Las demandas elevadas por estas organizaciones se fueron transformando e institucionalizando a partir de la implementación de las políticas sociales introducidas por los gobiernos de la República Liberal, en especial, por la reforma constitucional de 1936, las cuales no sólo provocaron un agrupamiento entre las distintas agremiaciones de carácter popular, sino que terminaron catapultando las antiguas demandas individualizadas, situación que, por lo demás, fue disminuyendo paulatinamente los diferenciales de poder de estos grupos frente a los establecidos. En este sentido se evidencia, por ejemplo, la consolidación de la Federación de Trabajadores del Valle (FEDETAV) -filial de la CTC fundada en 1935como principal ente integrador de los obreros y trabajadores de la región. Pero al mismo se encuentra la formación de otras agremiaciones como la Sociedad de Automovilistas de Cali, el Centro Obrero del Ingenio Manuelita, el Sindicato de Trabajadores del Ferrocarril del Pacífico, y de una estela etérea de organizaciones campesinas.

Pese a todo ello, los altos niveles de diferenciación interna hacían del sector de los marginados una forma social un tanto escuálida y proclive a sufrir constantemente de problemas integración, a pesar de haberse constatado mayores niveles de impacto en el campo social. Dichas inconsistencias internas eran el resultado de la falta de mecanismos de integración en el plano ideológico, en donde se constata la conformación de un tipo de celotipia estructural entre liberales y conservadores, de un lado, pero también se constata la existencia de las mismas entre liberales de izquierda, frentepopulistas y oficialistas, enfrentados en su común pretensión de conquistar la acción social popular.

Los años cuarenta en el Valle del Cauca: exaltación de las tensiones sociales.

En los años cuarenta las sucesivas transformaciones sociales y políticas que venía experimentando el departamento del Valle se vieron intensificadas por la creciente injerencia ejercida por los sectores sociales populares, los cuales no sólo comenzaron a crecer en número sino que también muestran un mayor posicionamiento en el campo social. Los niveles de conflicto social se acrecentaron en razón de la implementación de las reformas sociales propuestas por la Revolución en Marcha, en especial, por la reglamentación de la jornada laboral y la protección a los sindicatos que fue implementada en el segundo gobierno de López Pumarejo a partir de la expedición de la ley sexta de 1945.

En 1946 los sindicatos del Valle agrupaban a más de 15.000 trabajadores, tal y como lo reportaba el periódico El Relator el 9 de agosto de ese año, después de haberse publicado las cifras del censo sindical ordenado por el gobierno nacional a través del Ministerio del Trabajo, Higiene y Previsión Social. Según dicho informe, en el departamento existían para ese entonces alrededor de 120 sindicatos, los cuales habían celebrado más de 700 asambleas generales en los siete meses corridos del año, y en donde 75 de tales agremiaciones sumaban la entonces sorprendente suma de $200.000.

Siguiendo lo dicho por El Relator, "La Federación Departamental del Trabajo (FEDETAV) agrupa en su organización a 70 sindicatos de los 120 organizados en el Valle. Esta cifra se considera record, en relación con las Federaciones de otros departamentos del país." Y agregaba que "La organización sindical más fuerte del Departamento del Valle es el Sindicato Ferroviario del Pacífico, que tiene hoy en día cinco mil afiliados". Cali, además de poseer una o quizás la más fuerte organización obrera de Colombia, registraba: "[...] en plena actividad cuarenta y seis organizaciones sindicales",40 que eran el resultado de la tendencia registrada desde la aparición del movimiento popular de finales de los años veinte, tendencia que experimentó una intensificación en el primer gobierno de López Pumarejo y una mayor proyección durante el inconcluso segundo periodo presidencial de éste. Todo esto iba a demostrar que el equilibrio de poder entre los sectores sociales de la ciudad y de la región había sufrido importantes transformaciones.

No obstante, y a pesar de encontrarse protegidos por un marco legal y de poseer cierta organización interna que los había convertido en el principal grupo de presión de la época, la situación vivida por los individuos que componían los grupos sociales populares no era, por cierto, nada próspera. Así lo hacía notar El Relator en la entrevista que hiciera dicho diario el primero de junio de 1946 al entonces representante a la Cámara y director de la Cámara de Comercio de Cali, Dr. Hernando Caicedo. Las cifras que manejaba la organización que Caicedo dirigía reportaban que aproximadamente un 80% de los obreros de las factorías rurales del departamento sufría de sífilis y de tuberculosis, lo cual estaba provocando una situación bien compleja en los ingenios, tal y como lo relataba el propio Caicedo:

A diferencia de los niveles de cohesión social entre sectores marginados en donde, como se vio, aún persistían divisiones relacionadas con las precarias condiciones de vida y con los altos niveles de diferenciación interna provocados por las diversas corrientes ideológicas que los representaban, sí se puede constatar un mayor nivel de cohesión interna en la burguesía azucarera, grupo social y de poder que comenzó a ejercer y a darle una forma más compacta a los sectores sociales que hemos tipificado como establecidos. Todo ello a partir de los cambios experimentados en la composición interna de la Sociedad de Agricultores del Valle, tradicionalmente vinculada al gremio de los ganaderos, pero que hacia la segunda mitad de la década de los cuarenta pasó a ser presidida por uno de los principales accionistas y dueños de los ingenios azucareros, el propio Hernando Caicedo, quien se desempeñó como director de dicha organización en 1944.42 Esta situación era, por lo demás, el resultado de las altísimas interdependencias generadas por los negocios, lo cual no sólo estaba logrando que cada vez más los ganaderos de la región se estuvieran convirtiendo en exitosos productores de caña de azúcar, sino que también estaba dejando el terreno abonado para la construcción de vínculos más estrechos entre esta organización, la seccional de la Cámara de Comercio y el directorio nacional de la Asociación Nacional de Industriales (ANDI), adscrito al ala radical del conservatismo.43

Las elecciones presidenciales de 1946 muestran que los conflictos analizados en el proceso social trataron por un instante [1946-1948] de encuadrar de forma correspondiente con los procesos de cambio y configuración del campo político. Así lo indican los resultados electorales de dicha contienda en Cali, en donde Jorge Eliécer Gaitán obtuvo 9.265 votos, mientras que sus contrapartes Mariano Ospina Pérez (conservador) y Gabriel Turbay (liberal oficialista) registraron 9.145 y 6.064 votos respectivamente. Estos resultados reflejan en buena medida las transformaciones que venía experimentando la configuración social del poder a nivel regional, es decir, la disminución relativa en los diferenciales de poder entre grupos sociales establecidos y marginados.44 Es por ello que la llegada al poder de Ospina Pérez fue recibida con desconcierto y apatía generalizada en la mayoría de sectores sociales populares de la región. Como evidencia de tal descontento se encuentran las expresiones del Concejo Municipal de Cali, corporación mayoritariamente compuesta por liberales, que expresó su sinsabor con el nuevo dirigente comunicando la decisión de no participar en el denominado colaboracionismo propuesto por el gobierno de Unidad Nacional, por lo cual recomendaban el nombramiento de un conservador y no de un liberal (a pesar de ser mayoría) en la gobernación departamental.45

Pero las manifestaciones de desprecio y de airada desobediencia al nuevo mandatario no sólo se quedaron en esto. Hacia el mes de septiembre de 1946, luego de haberse efectuado los correspondientes cambios en la cúpula administrativa departamental, se presentaron sendas manifestaciones obreras asociadas con los distintos sindicatos que componían a la FEDETAV, los cuales recibieron el apoyo de un importante número de organizaciones obreras de origen rural e incluso de un grupo de choferes organizados de la ciudad de Cali, quienes protestaban por las medidas de implantar peajes en las nuevas carreteras departamentales. El origen de tales protestas era la determinación presidencial del 7 de agosto de prohibir la intervención en política por parte de los sindicatos, y la posibilidad de declarar inexistente el movimiento obrero a partir de la expedición de sanciones que podían implicar la anulación de la personería jurídica; una determinación que fue determinante para la profundización de las políticas de contención de la acción social popular que las distintas instancias del gobierno departamental venían ejerciendo desde meses anteriores, pero que ahora les permitiría tener una mayor efectividad. Esto se puede apreciar en el telegrama que el nuevo gobernador colaboracionista, Ismael Hormaza, le envió al alcalde del municipio de Pradera, en donde se registra la siguiente recomendación a raíz de las manifestaciones populares que se estaban registrando desde hace varios días en Cali.

Hacia el mes de noviembre de 1946 se intensifica de nuevo el conflicto. El día ocho de tal mes la mayor organización obrera de Cali y la región, la central obrera del Ferrocarril del Pacífico, ordenó el cese de labores y el paro total de todos los vagones y por consiguiente la inmovilización por vía férrea de cualquier tipo de carga. La orden, según informaba el Gobernador al Presidente, había sido aplicada de forma inmediata por todos los obreros de la empresa, dejando totalmente incomunicado el transporte de mercancías de Buenaventura hacia Cali y al resto del país. Al tiempo que se tomaban estas decisiones, los empleados del sindicato de la Compañía Eléctrica decretaron el paro de actividades y la suspensión de los servicios por dos horas, de modo similar a como lo hicieron los empleados de la Empresa de Acueducto, a lo cual se sumó la orden de FEDETAV de convocar a un paro general de trabajadores. Estas nuevas manifestaciones, que expresaban un nivel de integración (y por consiguiente de conflicto) mucho mayor al registrado anteriormente, estaba haciendo que "el tráfico de la ciudad esté totalmente bloqueado y los víveres no (hayan) podido entrar en la ciudad", situación que producía un gran nerviosismo en el gabinete de la gobernación, que de modo angustioso pedía ayuda al gobierno nacional.47

La respuesta del gobierno nacional fue inmediata y contundente: decretar turbado el orden público y asignar de manera provisional a un jefe civil y militar que se hiciera cargo de la gobernación mientras se daba "solución" a tan graves acontecimientos, tal y como lo explicaba el designado General Francisco Tamayo a los alcaldes del departamento en el marconigrama del 9 de noviembre de 1946.48 Ese mismo día el jefe civil y militar del departamento hizo extensivo a los alcaldes un comunicado que la Presidencia de la República emitía a los gobernadores, en el cual se prohibía "a todas las estaciones de radiodifusión la transmisión de toda clase de noticias o comentarios relacionados con ocurrencias o sucesos de orden público y movimientos huelguísticos, exceptuando de esta prohibición las informaciones oficiales que sean expedidas por el gobierno".49 Esta estela de acontecimientos hacían manifiesta la incapacidad de los sectores dirigentes del Valle de atender y solucionar los problemas y conflictos políticos que se estaban presentando en distintas zonas del departamento, por lo cual se evaluaba la posibilidad de nombrar alcaldes militares en distintas localidades, así como lo expresaba el restituido gobernador Hormaza a los respectivos alcaldes de Versalles, Caicedonia y Bugalagrande el 14 de febrero de 1947, determinación que ya había decretado días atrás para el municipio de Ulloa, atendiendo las quejas continuas de los conservadores de aquel municipio.50 Al mismo tiempo que se evaluaban estas determinaciones el Jefe Departamental de Justicia, el señor Jorge Soto, desde mediados de mes comenzó a sancionar a un número considerable de ciudadanos por la "violación del statu-quo", principalmente en los municipios de Yumbo, Bugalagrande, Versalles, Jamundí, Palmira, Florida, Pradera y Cali, lugares en donde persistía el conflicto político entre gaitanistas y conservadores.51

En 1947 la situación pasó a niveles mucho más conflictivos, por ser este un año electoral. Situaciones de tráfico de cédulas, denuncias de falta de neutralidad política por parte de funcionarios públicos y la permanente presencia de altercados entre conservadores y gaitanistas fueron el común denominador en los primeros meses del año en municipios como Candelaria y Florida, así como en Toro, Roldanillo, Jamundí y Cali. En septiembre de este año, más precisamente a mediados de mes, en víspera de las elecciones para concejos municipales que se realizarían en octubre, el conflicto volvería a aparecer con muestras de violencia en el acontecer social vallecaucano.52 De forma protuberante los conflictos más extremos se presentarían en la zona limítrofe con el departamento de Caldas, más específicamente en el municipio de Ulloa, en donde se comenzaban a perfilar la clase de conflictos específicos que dieron origen al denominado periodo de La Violencia. Se informaba que la "policía Caldas destacada en Finlandia está invadiendo jurisdicción este municipio, llegando hasta esta cabecera en donde embriágense con elementos conservadores dándose luego a la tarea dizque de identificar liberales. Como actitud esa policía es descarada, agresiva, puede provocarse incidentes lamentables que seríamos primeros en lamentar".53

Hacía el 4 de octubre, faltando un día para las elecciones, se comenzaron a presentar sabotajes directos, de un bando y de otro, al proceso electoral. En La Victoria, Versalles, Bolívar, El Cairo y Cali, por ejemplo, los delegados presidenciales asignados renunciaron a sus funciones de fiscalización de las elecciones, por lo cual el Ministro de Gobierno se vio en la obligación de nombrar abruptamente nuevos delegados, respectivamente, Hernán Pérez Correa, Mariano Oliveros, José Ignacio Giraldo, Hernando Alvarez, y Luis Castellanos Arboleda y Jorge Zawadzky para el caso de la ciudad de Cali.54 Mientras tanto, algunos sectores de distintas poblaciones pedían el aplazamiento de las elecciones por las gruesas irregularidades presentadas, así por lo menos lo expresaron tanto elementos conservadores como liberales de los municipios de El Cairo, Toro, La Unión, Viges, Yumbo, Bolívar y Roldanillo. En estos municipios se presentaron serios inconvenientes el día de las elecciones, por lo cual el gobernador implementó acciones de vigilancia conjunta de "auxilio" entre los alcaldes y los reducidos escuadrones de policía de cada localidad, con lo cual se pretendía desplegar mecanismos de control político a pesar de la polaridad palpable entre algunos de los municipios aledaños y entre los distintos sectores de la fuerza pública.55 A pesar de todo, las elecciones se efectuaron en todos los municipios del departamento, con excepción del El Cairo. El escrutinio que manejaban las autoridades de la gobernación el 6 de octubre era el siguiente:

Los derrotados en este proceso electoral son palpables: los comunistas y los liberales "disidentes", es decir, los liberales que participaban en el denominado colaboracionismo, además de que se evidencia también el rotundo triunfo del gaitanismo (liberales directoristas en el comunicado) frente al conservatismo.

En el mes de diciembre de 1947 otro hecho significativo demostraría que la lucha social configurada aún permanecía en niveles de estrechamiento de los ratios de poder, situación que permanecería relativamente estable hasta los sucesos del 9 de abril. El 7 de diciembre se dio inicio al Congreso Sindical en la ciudad de Cali, evento en el que se barajaron las pautas del juego social y las estrategias de interdependencia de buena parte de los sectores que artificialmente hemos categorizado como marginados, motivo por el cual dicho evento era revestido con "profundas expectativas".57 A pesar de ello, el Ministro de Trabajo denunció que el Congreso Sindical de Cali era "ilegal" debido a que la ley 140 de 1937 establecía que los congresos sindicales en Colombia debían ser notificados al gobierno con tres meses de anticipación, tal y como lo reportaba el periódico El Tiempo.58 De todas maneras, antes de su inicio, el congreso de trabajadores de Cali ya era bastante polémico, pues no se trataba de una simple reunión de obreros colombianos y latinoamericanos o de un ajuste de cuentas entre la C.T.C y el gobierno nacional. Se trataba también de las relaciones entre Gaitán, los trabajadores y el desarrollo de políticas municipales para el departamento del Valle, que tras las elecciones para concejos municipales se había convertido en uno, o quizás, su principal fortín electoral y político, pues para esos días también se llevaría a cabo la Conferencia de Municipalidades del Valle, evento que contaría con Gaitán como orador principal.59

Con todo, el Congreso Sindical se realizó dejando una huella importante en el acontecer social y político de la ciudad y del país. Aquel día se llevó a cabo un gran desfile que inundó de masas el centro de la capital del Valle, desde el parque de San Nicolás hasta la central Plaza Caicedo, en donde tomaron la vocería los principales representantes de la FEDETAV, además de los representantes de las organizaciones obreras latinoamericanas, como la Confederación de Trabajadores de América Latina (CTAL) y la Federación Mundial del Trabajo.60 De otro lado, en las horas de la noche, las instalaciones del Concejo Municipal y luego del Teatro Municipal no dieron abasto para albergar a los cientos de personas que se congregaron bajo la presencia de Gaitán, en donde no sólo de discutieron aspectos relacionados con la situación de los sindicatos, sino que también se discutió la necesidad de una jefatura única en el liberalismo, contradiciendo así la propuesta hecha por esos días por el periódico El Espectador que consideraba la posibilidad de una jefatura dual. Todo esto daba cuenta de las estrechas relaciones de Gaitán con las organizaciones políticas de los concejos municipales del Valle, que tras las elecciones pasadas estaban mayoritariamente compuestas por gaitanistas. No obstante, en este conjunto de manifestaciones públicas se iba consolidando el propósito de Gaitán de acercar la población civil a la vida política nacional, en una estrategia que él denominaría como de resistencia civil, con lo cual se daba cuenta a su vez de las buenas relaciones que existían entre Gaitán y las organizaciones obreras del Valle.

El miedo a la amenaza popular de los sectores establecidos se agudizaría durante los primeros meses de 1948, especialmente en la ciudad de Cali, en la franja montañosa que recorre de centro a norte el ala occidental del departamento y la zona plana del sur, en los límites con el departamento del Cauca, particularmente en esta última tras un comunicado equivocado que enviara el Ministro de Gobierno al gobernador del Valle cuyo destinatario real era el gobernador del departamento del Cauca, en donde se notificaba la intencionalidad del directorio liberal gaitanista de Puerto Tejada (por cierto, el mas fuerte de toda la región) de intensificar el conflicto político, en una zona que históricamente había presentado crudas manifestaciones de orden popular.61

Hacia mediados de febrero, después de haberse solucionado el conflicto entre obreros y las directivas de la Central de Cementos del Valle que había paralizado a la empresa, se presentaron nuevos conflictos de carácter político en la zona montañosa. En La Cumbre fue asesinado en extrañas circunstancias el concejal liberal Pacífico Abella,62 en Caicedonia un grupo de concejales liberales coordinaron un grupo de resistencia civil en protesta con las políticas de vigilancia impuestas por el alcalde, pidiéndose incluso su destitución y cambio inmediato, para lo cual fue designado por el gobernador el señor Leonardo Ocampo, quien no aceptó el polémico cargo.63 La situación en este municipio llegó a ser a tal punto extrema y de falta de institucionalidad, que el personero municipal tuvo que servirse de un "cuerpo de serenos" que estaba impartiendo el terror entre distintos sectores de la población. Este conjunto de acciones estaba generando un altísimo "nerviosismo" en la gobernación, pues se temía que los denominados grupos de resistencia civil se multiplicaran en otros municipios de la zona y del departamento, tal y como ya estaba ocurriendo en Cali.64 No obstante, la situación más compleja de estos días se presentaría en el conflictivo municipio de Toro, en donde un grupo cercano de 400 hombres coordinados por la policía municipal, portando toda clase de armas, comenzó a atropellar a elementos y familiares de liberales hacia las primeras horas de la mañana del 18 de febrero, acción cometida tras el destacamento de un escuadrón de la policía departamental en inmediaciones del municipio.65 Este hecho fue leído como un atropello y una amenaza directa por la conservadora policía de Toro, determinación que disminuiría el control sobre sus zonas naturales de jurisdicción, todo lo cual, según lo reportaban algunos liberales del vecino municipio de Versalles, desató la furia de la población conservadora, por lo cual solicitaban la inmediata intervención del gobernador y la asignación de un alcalde militar para que allí no se presentara lo ocurrido en Toro.66

A fines del mes, tras la designación de un nuevo alcalde para el municipio de Versalles que brindara las garantías políticas para ocuparse del polémico cargo,67 se reportaron incidentes violentos en el corregimiento de El Águila (municipio de Ansermanuevo) y en el corregimiento de Fenicia (municipio de Riofrío), en donde se produjeron reyertas entre conservadores y liberales -gaitanistas para ser exactosque habían organizado allí la denominada resistencia civil, lo cual obligó a la detención de decenas de individuos. La crisis institucional desatada por la violencia era tal que el gobernador Colmenares evaluaba la posibilidad de establecer casas para refugiados en la ciudad de Cali, las cuales acogerían a los múltiples desarraigados que estaban dejando los conflictos de orden político en distintas zonas del departamento, determinación que fue aprobada el 21 de febrero por el Cabildo Municipal y que esperaba ser prontamente ratificada por el Concejo Municipal.68

Marzo fue la continuación y profundización de lo que se venía presentando: conflictos entre policía y población de uno u otro partido, resistencia civil en los concejos municipales, saboteos en los cabildos, seguimiento y control de agentes secretos, etc. Pero de forma especial, hacia fin de mes, se constata la silenciosa conformación de policías cívicas auxiliares, principalmente en las zonas en donde los cabildos y/o concejos municipales pretendían efectuar la denominada resistencia civil, coordinada por el directorio gaitanista vallecaucano desde el evento del pasado 7 de diciembre de 1947.

Estas eran pues las características del conflicto social previo a los sucesos del 9 de abril, en donde se constata un proceso de incremento desmesurado del conflicto violento, un proceso en el que las diferencias ideológicas pasaban por pendencieros entramados simbólicos. Se percibe, de un lado, la representación de una amenaza permanente, de un miedo generalizado a la agitación popular, a la deliberación, como resultado del poderío electoral acuñado por el gaitanismo a nivel de los concejos municipales del departamento. Del otro lado se encuentra la conformación irregular de alianzas entre política municipal, gaitanismo y movilización popular (el Congreso Sindical de Cali es bastante representativo de ello), en donde se guarda un patrón de beligerancia abierta al gobierno, tanto municipal, como departamental y nacional. En estas acciones se registraron diversas formas de movilización popular, desde la resistencia civil planteada por algunos concejos municipales, pasando por el saboteo de instituciones desde los cabildos, hasta llegar a las huelgas y manifestaciones obreras que paralizaron vías de comunicación, empresas y la distribución de combustibles.

Hacia los primeros días de abril, como si se intuyera el desbordamiento desmesurado del conflicto, el Secretario de Gobierno Departamental, quien por lo demás fue el principal defensor y promotor de las denominadas policías cívicas, el enigmático Dr. Luis Alfonso Delgado, informaba al jefe de seguridad departamental de los múltiples sindicados (principalmente por homicidio) del sur del departamento de Caldas y del norte montañoso del Valle que aún andaban sueltos, por lo cual urgía "obtener su captura".69

El viernes 9 de abril, tras el asesinato de Gaitán, se desataron definitivamente los nodos que contenían el fluir de la sociedad, dando rienda suelta a aquello que por tanto tiempo se había mantenido en los márgenes de esta caleidoscópica composición social: el control de las emociones, ocasión a partir de la cual -parafraseando a Elías-la violencia se salió de los cuarteles. La vida pública se volvió el escenario de realización de los deseos no alcanzados, como de las más hondas paranoias colectivas, de los modos de representación que desde hacia tiempo habían venido construyendo tanto marginados como establecidos. Pasados sólo unos cuantos minutos después de las dos de la tarde fue confirmada la muerte del líder popular, anuncio que terminó de desbordar la apesadumbrada ira del grueso grupo de personas que se había aglutinado en los alrededores de la Plaza de Caicedo esperando una mejor noticia. Mientras tanto, un número considerable de obreros del Ferrocarril del Pacífico volcó algunas locomotoras dejando incomunicada la ciudad del resto del país, al tiempo que cientos de personas provenientes del convulsionado Barrio Obrero asaltaban las ferreterías instaladas entre las calles 11 y 13, para armarse y dirigirse hacia la gobernación. El gobernador Colmenares, por su parte, salía despavorido de San Francisco con la mayor parte de su gabinete de gobierno, dirigiéndose hacia las instalaciones de la Tercera Brigada, en donde se reunió con Rojas Pinilla para "ultimar las mejores decisiones".70

Entre tanto, la ahora rebelde y revolucionaria muchedumbre71 se extendía por el centro de la ciudad, portando toda clase de elementos contundentes -machetes palos y serruchoseran las armas a su disposición, con las cuales se tomaron la estación central del Ferrocarril del Pacífico, la central telefónica y la emisora local La Voz del Valle, desde donde "se impartieron instrucciones y consignas revolucionarias", según lo informó el periódico El Crisol el 10 de abril.72 Acercándose la noche fue invadida y dinamitada la sede del Periódico del Pacífico,73 mientras que Humberto Jordan Mazuera y el resto de dirigentes gaitanistas de Cali (entre los que se cuenta a Juan Donneys, Luis A. Tofiño, Hernán Ibarrra y Luciano Wallis, con el apoyo de algunos comunistas como Alfonso Barberena) se tomaban las instalaciones de la gobernación y exigían la renuncia de Colmenares, al tiempo que delegaban el nombramiento de un alcalde revolucionario para la ciudad, determinación que al parecer trataron de seguir los directorios gaitanistas de otras ciudades importantes del departamento.

Según reportó El Relator, en Palmira el señor Enrique Belalcázar y otros dirigentes gaitanistas se tomaron las oficinas de la alcaldía, pero prontamente fueron repelidos por los soldados del Batallón de Ingenieros Codazzi. De modo alarmante se informaba también que en Caicedonia los liberales tomaron presos a los dirigentes locales del partido conservador, varios de los cuales resultaron muertos. En Cartago, en la noche del viernes 9 de abril se conformó una junta revolucionaria conducida por el coronel Enrique Gómez, el doctor Arturo Vallejo y otros liberales más, quienes organizaron una manifestación por la muerte de Gaitán, sucesos que terminaron en "enfrentamientos y saqueos desmesurados". Para el 12 de abril se esperaba la llegada a Buga del senador Francisco Eladio Ramírez, quien se reuniría con un selecto grupo de líderes liberales coalicionistas del Valle, con el fin de organizar una convención de apoyo al también liberal coalicionista Colmenares.74 Entre tanto, la manipulada opinión pública local se estremecía con el "infame caso" de una zona que, desde hace mucho, representaba una amenaza para el orden social defendido por los establecidos, aún más desde que en aquel lugar se organizara un fuerte directorio liberal gaitanista. Nos referimos a la interpretación oficial que se hizo de los sucesos del 9 de abril en Puerto Tejada, sobre lo cual comentaba el Relator:

Esta interpretación de los acontecimiento resulta altamente contradictoria con la historia contada por algunos de los personajes que los vivieron, lo cual, en buena medida, evidencia la necesidad de encontrar relatos alternativos sobre La Violencia, debido a la parcialidad de algunas fuentes que han servido para construirnos una imagen de lo ocurrido. Como muestra de ello se encuentra el testimonio de un poblador afrodescendiente de Puerto Tejada, quien comentaba:

Y más adelante agrega:

4. El nueve de abril

A raíz del asesinato de Gaitán la indignación de sus seguidores vallecaucanos era notable y su repudio no se hizo esperar. Como gobernador encargado, Jordán Mazuera, en medio del apasionamiento de la junta revolucionaria que se tomó la gobernación, expidió el siguiente comunicado, que vale la pena reproducir en su totalidad, ya que dicho documento se constituye en sí mismo en un modo de representación de un importante sector de la sociedad vallecaucana:

Presentar los sucesos del 9 de abril como motines espontáneos de sastres, chóferes, venteros y peluqueros, o como una lucha de clases sociales,78 es reducir el espectro de factores relacionales y los procesos que se estaban configurando a nivel regional. Es oscurecer los procesos y estrategias de organización y cohesión social de los grupos en cuestión, desvirtuando el carácter simbólico de los acontecimientos. Cabría preguntarse, ¿por qué la principal acción de los gaitanistas locales fue la de tomarse la gobernación, nombrar alcaldes y autoridades civiles? ¿Es que acaso dichas acciones no representaban la necesidad de estos sectores de generar poderes autónomos a nivel político y administrativo, en una estructura sociopolítica centralizada que impedía la emergencia de nuevos y renovados poderes regionales, situación que por lo demás terminaba favoreciendo y cohesionando por arriba a exclusivos sectores de la sociedad, en detrimento de otros?

Era esto, precisamente, lo que ingenuamente desconocían Jordán Mazuera y los demás dirigentes gaitanistas locales, pues en otras esferas de la sociedad se estaban tomando decisiones mucho más silenciosas pero de alta efectividad tras las prontas comunicaciones telefónicas entre Laureano Gómez con Hernando Caicedo, de éste último con Rojas Pinilla, y de Rojas Pinilla con Zawadsky. A través de estas comunicaciones se construyó "un pacto implícito de respecto y cooperación entre conservadores y liberales que apoyaran al gobierno de Unidad Nacional",79 en una extraña confluencia de intereses económicos, políticos y militares, en una situación similar a la descrita por la sociología norteamericana de mediados del siglo XX cuando hacia referencia a la conformación de una elite del poder.80

Los sucesos vistos desde el despacho provisional de Colmenares, quien acaso estaría sentado en el mismo escritorio de Rojas Pinilla, narran una historia bien distinta. Según lo reportó días después El Relator, desde allí Colmenares:

Allí también alcanzó a emitir, en uso de sus facultades legales, un decreto cuyo artículo único determinaba "Nómbrase al Capitán Marcos Arambula, Alcalde principal del municipio de Palmira",82 decreto que además era firmado por Luis Alfonso Delgado quien hizo pública la determinación. Esta clase de disposiciones se extendieron por todo el departamento desde el 10 hasta el 15 de abril, una vez que el ejército recuperó las instalaciones de la gobernación en inmediaciones la Plaza de San Francisco a la media noche del nueve. El 10 de abril los municipios en los que fueron nombrados militares como alcaldes fueron Caicedonia, Sevilla, Zarsal, La Cumbre, Jamundí, Bugalandrande, Riofrío, Candelaría, Bolívar,83 Tuluá y Andalucía.84 Para el día 11 los municipios militarizados eran Guacarí, Cartago y Buenaventura,85 y así sucesivamente hasta alcanzar la casi totalidad de los municipios del departamento. Estas medidas complementaron las ya tomadas, como la prohibición de cualquier manifestación popular, el estado de sitio, la habilitación a los nuevos alcaldes militares de formar escuadrones de policía cívica, la expedición de salvoconductos para la movilización intermunicipal, la censura de prensa y telégrafos, además de autorizar también la realización de allanamientos domiciliarios a cualquier hora "si la autoridad militar así lo consideraba".86 Mientras que se creaba una junta de inspección de los daños dejados por el 9 de abril en Cali,87 en los días subsiguientes fueron despedidos varios trabajadores públicos, principalmente los maestros que según la gobernación habían "tomado parte activa e incitado los movimientos subversivos contra el Gobierno Nacional legítimamente constituido".88

En este sentido cabría preguntarse también, ¿cómo y por qué los sucesos del 9 de abril en Cali y la región del Valle del Cauca pueden ser interpretados como una situación liminar? ¿Existe, en principio, alguna relación entre lo acontecido el 9 de abril y este modo de interpretación? Si bien desde los inicios de 1946 se habían advertido cambios importantes en los equilibrios de poder entre sectores sociales, expresándose, de un lado, la configuración de un grupo de resistencia civil fuertemente ligado a la figura de Jorge Eliécer Gaitán, también se presentaba una tendencia que pretendía cambiar la balanza de equilibrios de poder hacia el lado de los grupos establecidos, a partir de la conformación de las denominadas policías cívicas y del seguimiento y contención de la acción social popular. Todo esto produjo mayor distanciamiento y estigmatización, elevando de forma increíble los niveles de enemistad instantánea entre individuos y los grupos y sectores sociales que éstos configuraban, acciones que, por lo demás, desbordaron el ámbito de confrontación natural entre los partidos políticos. Algunos elementos adicionales son bastante valiosos para ilustrar esta situación, pues se constituyen en un material indispensable para esbozar los modos de representación reproducidos a partir de los acontecimientos. De una parte se tienen las novelas y cuentos que fueron construidos a partir de los acontecimientos, de la otra está otro modo de ficción: la caricatura.89

Empecemos por uno de esos modos de representación: las ficciones literarias. Después de 50 años el escritor Jotamario Arbeláez, en una compilación de cuentos, dedicó un espacio a la narración de los sucesos del 9 de abril en Cali, desde la perspectiva de lo que él era en ese entonces: un joven de estrato medio cuya familia expresaba una arraigada tendencia liberal. La corta pero elocuente narración describe el transcurso de un día normal en el que la familia se reunía para almorzar; padre, madre, hermanos, el tío, la abuela y él, que acababa de "llegar de un partido de fútbol en el pasaje Sardi, luego de las clases de la mañana" (partido que por cierto su barra de la calle 20 había perdido con la barra de la calle 22).90 La abuela, que se disponía a servir los alimentos, prestaba atención a las noticias del medio día que reproducía el radio ubicado en la cocina, y en medio del barullo de las múltiples conversaciones apareció un grito que enmudeció a todos los presentes: "¡Hijueputas! ¡Mataron a Gaitán!".91 Inmediatamente todos soltaron los platos que esperaban ser servidos y Jorge, el hermano mayor de Arbeláez, corrió a su cuarto "a cargar la escopeta de cacería", mientras que la radio informaba de forma incendiaria que "el pueblo se ha sublevado".92 Adelfa, una de las presentes, corrió a "prender una veladora que coloca en el suelo, frente al retrato del hombre que era un pueblo".93 Después de algunas discusiones entre los hombres de la casa sobre qué hacer y teniendo claro que la "muerte del Negro hay que cobrarla con la guerra contra los godos", el padre de Arbeláez reflexionó sobre la suerte de un viejo amigo conservador y creyendo que muchos liberales enardecidos cometerían los mismos actos que imaginaban -cobrar la muerte del Negro Gaitán, decidieron montar "[...] veloces la camioneta y fueron a rescatar al amigo, a quien encuentran debajo de la cama [...] lo sacan y trasladan camuflado a la casa del doctor Rosales, el homeópata liberal a quien todo el mundo respeta".94

Entre tanto, el joven e inquieto Arbeláez, con un grupo de amigos de la calle 20, se unió a la turbamulta que enfurecida salía de la Plaza de San Nicolás y se dirigía a la ferretería Torres y Torres, "donde el mismo propietario grita en la puerta de su negocio blandiendo machetes y hoces: `Liberales ¿quieren armas? ¡Tomen armas!´", herramientas que prefirió repartir para evitar un saqueo.95 A Arbeláez y amigos les correspondió usar un yagatán que no podían controlar bien. Armado, en medio de la masa, del alboroto y de la excitación, Arbeláez en su corta comprensión de los acontecimientos se preguntaba si "¿[...] no será que los de la barra de la 22 son conservadores?", quizás para cobrar la derrota del partido de fútbol del medio día de la misma forma ridícula como solucionaban los problemas los hombres mayores. Poco tiempo después, la turba que pretendía derrocar a Colmenares y en la que estaban inmiscuidos los jóvenes amigos se disolvió tras escucharse el rumor de la pronta reacción del ejército que tenía "severas instrucciones del coronel Rojas Pinilla de disparar a matar".96 Al final de la tarde y luego de escabullir los múltiples obstáculos y los francotiradores que se instalaron en las torres de las iglesias, Arbeláez logró volver a casa con la abuela. Allí se reunió de nuevo con la familia, en medio de los encontrados sentimientos de los hombres de la casa que no logran cobrar venganza alguna. Una vez reunidos todos y sin "bajar el volumen del radio con noticias del Bogotazo, [...] con los ojos en llamas, todos empezaron a rezar el santo rosario".97

Todas estas manifestaciones expresan las complejas dimensiones simbólicas adquiridas por la acción social durante este periodo de efervescencia colectiva, y dan cuenta de los niveles de enemistad instantánea que se habían gestado a partir de la muerte del líder popular entre los grupos que artificiosamente hemos denominado como establecidos y marginados. Pero también evidencia la existencia de otros climas de solidaridad social y psicoemocional, como es el caso de la amistad o el prestigio que superaba los radicalismos políticos, e igualmente refleja la inestabilidad misma de las acciones que no tenían claro el destinatario del conflicto (¿los "conservadores" o los "liberales"?). Sin embargo, los hechos no se quedaron sólo en eso. Como lo expresa Carlos Mayolo en otra compilación de cuentos e historias regionales, los sucesos del 9 de abril en Cali sirvieron para evocar la toma ocurrida en 1876 por el denominado Negro Peña, un combatiente del liberalismo radical del siglo XIX que, según reza la leyenda, había sitiado a Cali en compañía de un nutrido grupo de ex-esclavos, dejando la ciudad sin víveres, golpeando y amedrentando la integridad física y moral de hombres y mujeres. Estos hechos habían quedado grabados en los temores más profundos que le daban forma a la memoria colectiva de las más respetadas familias caleñas, expresiones psico-emocionales que aparecieron de nuevo a raíz de los acontecimientos del 9 de abril, tal y como lo recreó el mismo Carlos Mayolo:

Fue este particular mecanismo de representación (el estigma) el que fue utilizado y exagerado por el humorístico semanario El Gato, cuya dirección y comité editorial estaba compuesto para aquel entonces por un grupo de conservadores radicales.99 En su edición del 17 de abril, luego de haberse "apaciguado" los ánimos y de haberse reconstituido el gobierno departamental, aparece en primera página una inmensa foto de un gorila (ver fotografía 1) que, en palabras de los editorialistas, representaba al nuevo director del periódico tras los hechos sucedidos. Con esto se pretendía ilustrar de forma exagerada (como ocurre en toda situación liminar) las cualidades simbólicas y fenotípicas de las personas que trataron de tomarse el poder; situaciones en las que por lo demás reluce no sólo el sectarismo político que marcó a la época, sino que exhiben los valores culturales que dieron forma al proceso de cambio social que ha venido siendo descrito: valores, emociones y modos de estigmatización que se manifestaron con toda violencia durante el 9 de abril. Al respecto comentaba el citado periódico:

En la edición de la siguiente semana, El Gato reproducía la foto de un chimpancé elegantemente vestido de frac (ver fotografía 2), que representaba a el ahora ex-director del semanario, en donde de nuevo se exhibe la interpretación que jocosamente hacían algunos sectores políticos de la ciudad sobre los sucesos del 9 de abril y, de modo encubierto, sobre las cualidades físicas y morales de los integrantes de los sectores sociales populares. El pie de foto reproducía las siguientes palabras:

De esta manera el proceso social descrito da cuenta de una dinámica social guiada por la exacerbación de las tensiones (pulsiones si usamos el lenguaje psicoanalítico), fundada en un sentimiento de amenaza permanente al orden social, que promovía altísimos niveles de desconcierto y zozobra en los sectores sociales dirigentes de la región. Todo esto evidencia una particular manera de relacionarse, aquella en la que los niveles de enemistad instantánea operan como elemento constitutivo del orden social, en donde unos sectores de la sociedad se arrogan ser los guardianes de un orden social establecido (lo cual los hace sentirse y verse como superiores), frente a otros que desde las márgenes de ese mismo orden esperan modificar a su favor una parte o la totalidad de las relaciones sociales; sectores de la sociedad que, para efectos puramente analíticos fueron tipificados como marginados.

Es por esto que los sucesos del 9 de abril en Cali y el Valle de Cauca fueron altamente funcionales (como artefacto simbólico) para "invisibilizar" la acción social popular, profundizando de esta manera esa última tendencia hasta llevarla a los niveles necesarios para propiciar un vuelco en las relaciones sociales.102 Sin lugar a dudas fue ese el mayor cambio figuracional del país y de la región en la primera mitad del siglo XX, configuración social del poder que afectó de modo determinante el desarrollo social de la otra mitad, aún más cuando para muchos sectores sociales la principal forma de expresión de la acción social popular, la denominada resistencia civil, además de ser un delito, era considerada como el móvil y el origen mismo de La Violencia.103

Para el caso de Cali y la región del Valle del Cauca, el gaitanismo, a través de la resistencia civil, fue una forma de cohesión social que elevó el carácter político y simbólico de la acción social popular, generando un proceso de empoderamiento de los espacios de discusión pública. En estos espacios no sólo participaban obreros y población urbana, sino también importantes sectores de población semiurbana y campesina negra, llegando incluso en algunas ocasiones – como fue el caso de los corregimientos de la zona alta del municipio de Jamundí – a integrar a miembros de grupos indígenas de la región. De allí el miedo de los sectores dirigentes, pues dicha estrategia de cohesión social tuvo un impacto determinante, aunque en un corto periodo (1946-1948).

Es por ello que las siguientes reflexiones que hiciera un destacado personaje de la vida pública regional sobre lo acontecido en aquella época deben llamar la atención sobre los hábitos de pensamiento que los científicos sociales hemos construido en relación al periodo de La Violencia, pues en el trasfondo del conflicto entre y al interior de los partidos, como entre clases sociales, se encubrían complejas formas de exclusión racial y cultural, las cuales se mimetizaron de manera aparente en el conflicto bipartidista; formas de representación del otro que deben ser de utilidad para explorar nuevos campos de investigación sociohistórica.104

NOTAS AL PIE DE PÁGINA

1. Al respecto comentaba el profesor Jaime Jaramillo Uribe: " [...] si bien es exagerado pensar que la situación conflictiva que ha vivido el país en este fin de siglo tenga sus raíces directas en la conflagración del 9 de abril de 1948, [...] puede sospecharse que ese acontecimiento tuvo el carácter de lo que algún sociólogo (Maclaver) ha llamado la causa precipitante, un hecho que saca a flote problemas profundos de una sociedad, antes ignorados, para producir una situación nueva". Jaramillo Uribe, Jaime, "Asesinato de Jorge Eliécer Gaitán", en: Credencial Historia No. 117, Bogotá, Septiembre de 1999, p. 7.

2. A pesar de que algunas voces hayan insistido en que "[...] el 9 de abril culminó como experiencia histórica en Bogotá, el día siguiente, al consolidarse el gabinete paritario, entre liberales y conservadores", ya que fue "[...] en Bogotá, donde los acontecimientos tuvieron mayor profundidad en lo social y en lo político y donde, en últimas surgió la solución política, que paralizó el desarrollo ulterior de cualquier acción en las provincias". Alape, Arturo, "El 9 de abril en provincia", en: Nueva Historia de Colombia, Vol 2, Bogotá, Planeta Editores, 1989, p. 57.

3. Un ejemplo de tales interpretaciones son las siguientes afirmaciones de Carlos Mario Perea: "Los sucesos de aquel día quiebran en dos la historia republicana de Colombia. Hacia atrás de 1948 las muchedumbres ciegas expresan la forma como había sido tejida la conciencia pública sobre los partidos políticos. Hacia delante esas mismas masas ebrias de destrucción sintetizan el comienzo de una violencia que hoy a las puertas del próximo milenio, no abandonan ni por un instante los más diversos rincones de la vida colectiva. [...] El bogotazo cierra un centenaria lucha partidista. La historia ha fechado el comienzo de los partidos colombianos hacia finales de la década del 40 del siglo XIX; cien años después, entre el tumulto y el éxtasis, lanzaba su último suspiro el tejido político sobre el que había descansado la cruenta conformación ente los partidos". Perea, Carlos M., "Esa tarde inenarrable e inútil", en, Revista Historia Critica #17, Bogotá, Universidad de los Andes, Departamento de Historia, julio-diciembre de 1998, p. 30.

4. Siguiendo lo expuesto por Catherine Legrand en "La política y la violencia en Colombia (1946-1965). Interpretaciones de la década de los ochenta" (Revista Memoria y Sociedad, Vol 2 #4, Bogotá, Pontificia Universidad Javeriana, Departamento de Historia y Geografía, 1997), los estudios que se enfocaban particular y aisladamente en una región (Mary Roldan y Carlos Ortiz) evidenciaban que tanto el 9 de abril como La Violencia no significaron un derrumbe del poder del Estado, tal y como lo habían afirmado Paul Oquist y el propio Daniel Pecaut, sino que dio paso -tal y como lo confirmó recientemente Ingrid Johanna Bolívar en un estudio comparado (Violencia política y formación del Estado, Bogotá, Universidad de los Andes-CESO, 2003)- a una reestructuración de los poderes regionales.

5. Se asume aquí la noción de P. Bourdieu sobre campo social. Al respecto consultar de este autor: Respuestas por una antropología reflexiva, México, Grijalbo 1995; y, Razones prácticas, Madrid, Alianza Editorial, 1997.

6. Incluso se puede llegar a decir que los principales debates desarrollados por este grupo de ciencias han estado relacionados con dicho periodo, tal y como lo hacia notar Russell W. Ramsey (citado por David Bushnell), quien evidenció claramente esta inclinación cuando contabilizaba un conjunto de 250 investigaciones sobre La Violencia en los años sesenta en su "Critical Bibliography on La Violencia in Colombia", publicado en el volumen 8 de Latin American Research Rewiew de 1973. Ver: Bushnell, David, "La era de La Violencia, (1946-1957)", en: Colombia, una nación a pesar de sí misma (1996), Bogotá, Planeta Editores, 2002, pp. 277-305.

7. Se encuentra aquí el estudio clásico sobre la La Violencia de Orlando Fals-Borda, Germán Guzmán y Eduardo Umaña, La violencia en Colombia. Estudio de un proceso social (1964) (Bogotá, Círculo de lectores, 1988), en donde se concibe dicho periodo como una ola de violencia que comenzó con el asesinato de Jorge Eliécer Gaitán y que se caracterizó por tener cinco etapas constitutivas, a saber: 1) Creación de la tensión popular, de 1948 a 1949, 2) La primera ola de violencia, de 1949 a 1953, 3) La primera tregua, de 1953 a1954, 4) La segunda ola de violencia, de 1954 a 1958, 5) La segunda tregua, en 1958. Al respecto véase Fals-Borda et al, op cit, pp: 36-37.

8. Sáenz, Eduardo, La ofensiva empresarial. Industriales políticos y violencia en los años 40 en Colombia. Bogotá, Tercer Mundo Ediciones-Uniandes, 1993, p.170.

9. Aquí se puede ubicar otro de los estudios clásicos sobre La Violencia: Oquist, Paul, Violencia, conflicto y política en Colombia, Bogotá, Instituto de Estudios Colombiano del Banco de la República, 1978. Daniel Pecaut en un ensayo programático sobre lo que sería su obra principal sobre La Violencia contempló la idea de un dislocamiento del Estado, modelo que fue llevado luego al libro Orden y violencia. Al respecto consultar: Pecaut, Daniel, "Reflexiones sobre el fenómeno de La Violencia" (1976), en: Once ensayos sobre La Violencia, Bogotá, CEREC, 1985, y del libro Orden y violencia específicamente consultar los puntos a), b), y c) del quinto subtítulo del capítulo "Algunas consideraciones sobre la violencia, 1948-1953" en: Orden y violencia. Evolución socio-política de Colombia entre 1930 -1953, Bogotá, Norma Ediciones Vitral, 2001, pp. 547-639.

10. Así lo explica John D. Martz en uno de los textos clásicos sobre el periodo de La Violencia: "Al silenciarse la ciudad capital, la ráfaga de emoción reprimida y de resentimiento se esparció a través de la nación. Por lo menos durante un mes hubo graves choques en regiones rurales, después de lo cual la violencia regresó a su forma inicial liberal contra conservador. El peor estallido suscitado por el holocausto de Bogotá ocurrió en Cali y en la región circundante. En la capital del Valle del Cauca los rebeldes triunfaron temporalmente". Martz, John, Colombia. Un estudio de política contemporánea, Bogotá, Universidad Nacional de Colombia, 1969, p.82.

11. David Bushnell haciendo referencia al texto de Guzmán Campos, Fals-Borda y Umaña Luna. Cfr. Bushnell, David, Op. Cit., p. 279.

12. Martz, Op Cit. p. 83.

13. Sánchez, Gonzalo, Los días de la revolución: gaitanismo y el 9 de abril en provincia, Bogotá, Centro Jorge Eliécer Gaitán. Facultad de Derecho. Universidad Nacional, 1983, p.32-33.

14. "A nuestro modo de ver, los motines del 9 de abril en Cali y en el Valle, fueron una de las últimas expresiones espontáneas de la masa, típica de las sociedades preindustriales, que se manifestó tardíamente. Estas acciones estuvieron íntimamente ligadas, por el carácter de sus participantes, por sus reivindicaciones ancestrales o por sus consignas, a los motines y revueltas que se venían desarrollando desde finales del siglo XIX, pues en el Gaitanismo se refugiaba un gran sector popular tradicional, que reivindicaba su ancestro (campesino-artesanal), como mecanismo de resistencia ante la pauperización que le iba imponiendo la sociedad capitalista". Betancourt, Dario, "El 9 de abril en Cali y en el Valle", en: Anuario colombiano de Historia Social y de la Cultura # 15, Bogotá, 1987, p. 285.

15. Cortéz, Fabiola y Romero, Gustavo, Antecedentes y consecuencias del 9 de Abril en Cali y otras regiones del Valle del Cauca, Cali, Universidad del Valle, Departamento de Historia, 1990, pp. 153-154.

16. Martz, Op Cit.

17. Es por esto importante resaltar la distinción que en términos analíticos impone la interpretación de los procesos de formación de los movimientos sociales y de las identidades políticas que de ellos se derivan, pues dichas dinámicas de estructuración social se caracterizan por ser mucho mas flexibles y espontáneas que la formación de las identidades partidistas, las cuales implican, de alguna manera, la militancia, cierta continuidad ideológica y la organización institucional, aspectos que suelen confundirse y entremezclase de diferentes maneras en las distintas interpretaciones que se han construido sobre el campo académico que usualmente denominamos como historia política nacional. Para el análisis que se propone vale la pena aclarar que, si bien se hace referencia a los partidos políticos, no se trata de una historia regional sobre la conformación de los mismos, sino de la interpretación de un proceso social en el que intervienen nociones prácticas tales como la de campo social y desarrollo social -entre otras-, en el marco de una figuración entre grupos establecidos y marginados. Esto conduce a analizar las relaciones cambiantes de poder entre los grupos sociales que, a través de sus acciones prácticas y simbólicas, participan de forma interdependiente de las dinámicas de cambio social.

18. Para las relaciones entre establecidos y marginados véase: Elías, Norbert, "Ensayo teórico sobre las relaciones entre establecidos y marginados" (1976), en: La civilización de los padres y otros ensayos, Bogotá, Norma-EUN, 1998, pp. 79-138. Para las nociones de procesos sociales no planeados y de desarrollo social: Elias, Norbert, "Hacia una teoría de los procesos sociales" (1977), en Op. Cit., pp.139-197.

19. Cfr. "Entre lo uno y lo otro: el periodo liminar en los rites de passage" (1964), en: La selva de los símbolos (1999), Buenos Aires, Siglo XXI Editores, pp.102-123.

20. Un planteamiento similar se encuentra en el concepto de violencia simbólica de P. Bourdieu. Al respecto consultar Razones Prácticas, Madrid, Anagrama, 1997.

21. Las situaciones liminares se caracterizan por ser experiencias sociales en las que se: "(...) rompe con la fuerza de la costumbre y se abre paso a la especulación (...) La situación liminar es el ámbito de las hipótesis primitivas, el ámbito en que se abre la posibilidad de hacer juegos malabares con los factores de la existencia (...) se da aquí una mezcla y una yuxtaposición promiscua de las categorías del evento, la experiencia y el conocimiento". Turner, Op. Cit, p. 107. Para una ampliación acerca de la implementación de esta noción en el análisis de los movimientos sociales consúltese: Yang, Goubin. "The Liminal Effects of Social Movements: Red Guards and the Transformation of the Identity", en: Sociological Forum. Vol. 15, No. 3 (Sep. 2000); Jasper, James. "The Emotions of Protest: Affective and Reactive Emotions in and Around Social Movements", en: Sociological Forum. Vol. 13, No.3, (Sep. 1998).

22. Rias, Ricardo, "Los sucesos del 9 de abril de 1948 como legitimadores de la violencia oficial", en, Historia Crítica no. 17, Bogotá, Uniandes, julio-diciembre de 1998, pp.45 y 44.

23. Para una referencia sobre el periodo de la violencia consultar: Sánchez, Gonzalo (editor), Pasado y presente de la violencia en Colombia, Bogotá, CEREC, 1986. Para una referencia de la relaciones entre bolivarianos y santanderinas se puede consultar: Safford, Frank, "Bolívar, el estadista triunfante y el demócrata frustrado: los orígenes de la polarización partidista en Colombia", en Anuario Colombiano de Historia Social y de la Cultura, no. 31, Bogotá, Universidad Nacional de Colombia, Departamento de Historia, 2004.

24. Cfr. Wouters, Cas, "Sobre la sociogénesis de una tercera naturaleza en la civilización de las emociones", en: Figuraciones en proceso, Bogotá, Utópicas Ediciones, 1998, p. 222.

25. Para una profundización se puede consultar: Sánchez, Gonzalo. "Los estudios sobre la violencia: balance y perspectivas", en: Pasado y Presente de la Violencia en Colombia, Bogotá, CEREC, 1986, pp. 11-30; González, Fernán, et. al, "Hacia una mirada más compleja de La Violencia colombiana" en: Violencia política en Colombia. De la nación fragmentada a la construcción del Estado. Bogotá, CINEP, 2003.

26. Véase por ejemplo: Braun, Herbert, Mataron a Gaitán, Bogotá, Norma, 1985; Robinson, Cordell, El movimiento gaitanista en Colombia, Bogotá, Tercer Mundo Editores, 1976; y Pecaut, Daniel, "El momento del populismo", en: Op Cit. También resulta fundamental recordar las limitaciones del movimiento gaitanista en ciertas regiones, al respecto véase: Roldán, Mary, "Limitaciones locales de un movimiento nacional: Gaitán y el gaitanismo en Antioquia", en, Análisis Político no. 39, Bogotá, Universidad Nacional-IEPRI, enero-abril 2000.

27. Al respecto consultar: Elías, Norbert, "Los procesos de formación del Estado y de construcción de la nación" (1970), en: Revista Historia y Sociedad no. 5, Medellín, Universidad de Nacional de Medellín, 1998. En relación a esta dinámica descrita por Elías en aquella conferencia de 1970 comentaba el antropólogo Josep Llobera: "Así para Elías, un estado nacional propiamente dicho sólo ocurre cuando las clases trabajadoras alcanzan un cierto grado de poder político dentro de la sociedad moderna". Llobera, Josep, El Dios de la modernidad, Madrid, Alianza, 1996, p. 154.

28. Cfr. Taussig, Michel, "The evolution of rural wage labour in the Cauca Valley of Colombia, 1700-1970", en: Land and Labor in Latin America, Cambridge University Press, 1977.

29. Cfr. Rojas, José María, Empresarios y tecnología en la formación del sector azucarero en Colombia. 1860-1980, Bogotá, Banco Popular, 1988.

30. "(...) A lo largo de todo el siglo XX el mapa poblacional del departamento del Valle ha ido cambiando profundamente como efecto de la expansión progresiva del monocultivo de la caña de azúcar. Lo que antes era una población dispersa, es hoy un conglomerado homogéneamente asentado en poblaciones que tuvieron un origen muy diverso (....)", Arango, Patricia, "Sindicalización, conflicto y asentamiento. La formación de la clase obrera azucarera", (Trabajo de grado en Sociología), Cali, Universidad del Valle, Facultad de Ciencias Sociales y Económicas, Plan de estudios en sociología, 1987, p. 48.

31. Cfr, Sánchez, Gonzalo, "Tierra y violencia. El desarrollo desigual de las regiones", en: Análisis Político no. 6, enero-abril de 1989 y, Betancourt, Dario y García, Marta, Matones y cuadrilleros, origen y evolución de La Violencia en el occidente colombiano (1946-1965), Bogotá, Tercer mundo editores – IEPRI, 1991.

32. Al respecto consultar: Archila, Mauricio. "La Humanidad, el periódico obrero de los años veinte", en: Boletín Cultural y Bibliográfico no. 3, Bogotá. Banco de la República, 1985 y, Medina, Medófilo, La protesta urbana en Colombia, Bogotá, Ediciones Aurora, 1984.

33. "Aquí mismo todo proviene de la publicación del diario comunista La Humanidad cuyos artículos que tengo acusados ante el poder judicial, mantienen en tensión los nervios de los ciudadanos y provocan, como es natural, la indignación del clero". Carlos Holguín Lloreda a Ministerio de Gobierno. Archivo General de la Nación [AGN], sección República, fondo Mingobierno, tomo 983, folio 287 (el énfasis es mío).

34. "Autoridades subalternas hanme (sic) suministrado lista siguientes individuos figuran como cabecillas comunistas en poblaciones: (...) Puerto Tejada: Patrocinio Sánchez, Jorge Navia, Eulogio Bueno, Manuel Lisímaco, Rafael Porras, Tomás Valencia, Juan de Dios Naranjo, Rubén Ramírez, Benjamín Gómez y un gran número más de negros. Miranda: Manuel José Prieto, Euclides Amarillo, Liborio Perlaza, Carlos Hoyos, Ciro Ruiz, Ricardo Delgado, Antonio López y negros del corregimiento de Santana. Guachené: población del municipio de Caloto, Juan Caycedo, vecino de Puerto Tejada, es quien reparte periódico La Humanidad de Cali, mismo Guachené recibe periódicos revolucionarios Justiniano Possú". Gobernador del Cauca a Ministerio de Gobierno, abril 24 de 1928. AGN, sección República, fondo Mingobierno, tomo 983, folio 218, (el énfasis es mío).

35. Cfr. Almario, Oscar, La configuración moderna del Valle del Cauca, Colombia, 1850-1940. Espacio, poblamiento, poder y cultura. Bogotá, CECAN Editores, 1994.

36. Cfr. Vásquez, Edgar, Historia de Cali en el siglo XX, Cali, Universidad del Valle, 2002.

37. Las variaciones de la estructura ocupacional de la ciudad de Cali evidencian los cambios reseñados en las formas de organización social a nivel regional. En 1918 por ejemplo, de los 16.553 miembros de la población ocupada que tenía la ciudad, el 31,25% se ocupaba en el sector de producción primario, el 28,5% en el sector manufacturero, el 13.1% en el sector comercial y de finanzas, y el 1.9% se ocupaba en el área del transporte y las comunicaciones. Para el censo de 1938, cuando la población ocupada era de 42.446, dichas proporciones eran de 19,8%, 28,5% (principalmente peones y obreros), 14,2% y del 5,4% respectivamente; mostrándose 1) un especial descenso en el sector primario de la economía (artesanos, agricultores), 2) un significativo equilibrio en el área de trabajadores del sector manufacturero y comercial (significativo si se consideran los impactos de la crisis económica mundial) y 3) un impresionante incremento en la población que laboraba en el sector del transporte y las comunicaciones, que creció más de 7 veces (de 320 en 1918 se pasó a 2.283 en 1938), población principalmente dependiente del Estado (Ferrovias, obras publicas y telégrafos) Fuentes: Cali estadístico: 450 años, Bogotá, DANE, 1986 y Ocampo, José Antonio, "El desarrollo económico de Cali en el siglo XX", en: Crisis Mundial protección e industrialización, Bogotá, Cerec, 1984.

38. Para una ampliación sobre dicho proceso consultar: Flórez, Lenin, Prácticas e imágenes de modernización y modernidad en el Valle del Cauca, Cali, Universidad del Valle, 1991.

39. Un ejemplo claro y poco estudiado de tal dinámica de crecimiento y diferenciación entre organizaciones de extracción popular para el Valle, es el caso del periódico Adelante, el órgano de difusión de los empleados vallecaucanos que en conmemoración de su quinto aniversario declaraba: "Como representantes que somos del gremio de empleados lucharemos por nuestros intereses, apartados por igual de las pandillas políticas y de los odios de secta (...) Compañeros empleados de todos los oficios y de todas las clases sociales, si queréis luchar por nuestra Patria y por vuestro gremio, venid a nuestro lado. Hemos sacado la espada con razón y no la guardaremos sino con honor!!!" Adelante, marzo 28 de 1936, página central. Del otro lado, la fundación de la Casa Liberal Jorge Eliécer Gaitán era el producto de las estrechas relaciones del político y empresario local Jorge Zawadzky con Gaitán, relación que según Clara Zawadzky (hija del reconocido político vallecaucano) se remontaba a los años 20 y a la intención de Gaitán de conformar ligas obreras y estudiantiles. Lo cierto es que la única referencia documental que hasta el momento tenemos sobre la mencionada Casa Liberal es la manifestación que esta hiciera el 1 de junio de 1932 a raíz de la instalación del directorio liberal regional, evento en el que serían elegidos los dignatarios locales. El periódico El Relator lo reportaba de la siguiente manera en su editorial del mismo día: "El Centro Liberal Jorge Eliécer Gaitán se dirige al Presidente Olaya. Este centro político y cultural presenta sus credenciales y respetuosos saludos al Presidente, haciendo un diagnóstico de su compromiso social y de su intensiva política. Además expresa un sentido de apoyo patriótico a las decisiones del Presidente en medio de la conmoción por la reciente guerra con el Perú y por el déficit fiscal que genera la gran inflación". El Relator, junio 1 de 1932, p. 5.

40. Cfr. El Relator, agosto 9 de 1946, pp. 1 y 8.

41. Hernando Caicedo, Director de la Cámara de Comercio de Cali, reproducido por El Relator, 1 de junio de 1946, pp. 1 y 3.

42. Cfr. Collins, Charles, "Formación de un sector de clase social: la burguesía azucarera en el Valle del Cauca durante los años treinta y cuarenta", en: Boletín socioeconómico no. 15, Cali, Universidad del Valle, CIDSE, 1985, p. 59.

43. No sobra recordar, cómo lo anotó Eduardo Sáenz Rovner, las fuertes relaciones entre los industriales vallecaucanos afiliados a la ANDI, la política regional y la política nacional. Este grupo de industriales, que puede ser categorizado como la "evolución" del antiguo bloque borrerista estaba compuesto principalmente por Álvaro Lloreda, Diego Garces, Manuel Carvajal y de forma preponderante también por la figura del ya citado Hernando Caicedo. Cfr. Sáenz Rovner, La ofensiva empresarial. Bogotá, Tercer Mundo Editores-Uniandes, 1993, p. 47.

44. El conteo total de votos para el departamento fue: Ospina Pérez, 58.012 votos, Jorge Eliécer Gaitán, 45.805 votos, Gabriel Turbay, 40.077 votos, total de votos, 142.928. Cfr. Betancourt, "El 9 de abril en Cali y en el Valle" p. 275.

45. "El Concejo Municipal de Cali reafirma su convicción de que la nación colombiana para sortear con fortuna los graves problemas de índole económica, social y financiera que afronta el país, necesita de la patriótica colaboración de sus hombres mas capacitados sin consideración de partido. Estos patrióticos propósitos han sido interferidos por los intereses del partido que ganó el gobierno en el debate del cinco de mayo pasado, en cuyo caso es mas conveniente, para los intereses del país, que el conservatismo asuma la plenitud del poder público y afronte la responsabilidad histórica consiguiente" Comunicado del Concejo Municipal de Santiago de Cali, reproducido por el Diario del Pacífico, 7 de agosto de 1948, pp. 1 y 7.

46. Gobernación del Valle a Alcalde Municipal de Pradera, Archivo de la Gobernación del Valle [AGV], Secretaria de Gobierno, 11 de septiembre de 1946

47. Gobernación del Valle a Presidente de la República, AGV, Secretaría de Gobierno, 8 de noviembre de 1946. Con el gobernador firman todos los secretarios de gobierno.

48. "Comunícoles que por decreto 3227 de ayer en la noche, el Gobierno Nacional declaró turbado el orden público en estado de sitio del Departamento del Valle y que en virtud de nombramiento hecho por decreto 3230 de ayer me he encargado de la Gobernación del Departamento con el carácter de Jefe Civil y Militar". General Francisco Tamayo (Jefe Civil y Militar del Departamento del Valle) a Alcaldes Municipales, AGV, Secretaria de Gobierno, 9 de noviembre de 1946

49. Gobernación del Valle a Alcaldes Municipales, AGV, Secretaría de Gobierno, 9 de noviembre de 1946.

50. AGV, Secretaría de Gobierno, Telegramas, 379, 396 y 430, 7, 10 y 14 de febrero de 1947.

51. AGV, Secretaría de Gobierno, Telegramas 026J, 044J, 046J, 047J, 048J, 051J, 057J y 114J, 11, 12, 14 y 22 de febrero de 1947.

52. AGV, Secretaría de Gobierno, Telegrama 1513, 13 de septiembre de 1947.

53. Gobernador del Valle a Gobernador de Caldas, AGV, Secretaria de Gobierno, 16 de septiembre de 1947.

54. AGV, Secretaría de Gobierno, telegrama 1700,4 de octubre de 1947.

55. Cfr. AGV, Secretaría de Gobierno, telegramas 1701 a 1711, 5 de octubre de 1947.

56. Gobernador del Valle a Ministro de Gobierno, AGV, Secretaría de Gobierno, telegrama 1715.

57. Así los expresaba el periódico Jornada en su edición del 4 de diciembre de 1947.

58. El Tiempo, 4 de diciembre de 1947, pp. 1 y 4.

59. Jornada, 5 de diciembre de 1947.

60. El Tiempo, 7 de diciembre de 1947, página central.

61. El polémico telegrama se expresaba de la siguiente manera: "Por error Mingobierno heme dirigido siguiente telegrama que transmítole para su conocimiento. Mingobierno, Bogotá. Respetuosamente comunicámosle domingo próximo verificaráse Puerto Tejada manifestación protesta contra Gobierno por persecución oficial al liberalismo según rezan carteles murales fijados por Diliberal Municipal. Sabemos conferencistas acrecentarán odios creó prensa con publicaciones tendenciosas. Rogamos su señoría intervenir fin evítense consecuencias graves podrían presentarse en ese lugar. Diconservador Puerto Tejada, Mondragón, Giraldo, Vinasco, Benitez, Solano, Rodríguez" AGV, Secretaría de Gobierno, telegrama 226 del 3 de febrero de 1948.

62. AGV, Secretaría de Gobierno, telegrama 312 del 14 de febrero de 1948.

63. AGV, Secretaría de Gobierno, telegrama 330 del 17 de febrero de 1948.

64. AGV, Secretaría de Gobierno, telegrama 330 del 17 de febrero de 1948

65. AGV, Secretaría de Gobierno, telegrama 349 del 18 de febrero de 1948.

66. AGV, Secretaría de Gobierno, telegrama 351, 18 de febrero de 1948.

67. AGV, Secretaría de Gobierno, telegrama 415, 25 de febrero de 1948.

68. Gobernador del Valle a Ministro de Gobierno, AGV, Secretaría de Gobierno, telegrama 383, 21 de enero de 1948.

69. Luis A Delgado a Jefe de la Seguridad Departamental, AGV, Secretaría de Gobierno, oficio 586 del 7 de abril de 1948.

70. El Relator, 12 de abril de 1948, pp. 1 y siguientes

71. Ibid.

72. El Crisol, 10 de abril de 1948, pp 1 y ss. Véase también: Betancourt, Dario, "El 9 de abril en Cali y en el Valle", en: Anuario colombiano de Historia Social y de la Cultura # 15, Bogotá, 1987, p. 277.

73. Betancourt, Op. Cit.

74. El Relator, 12 de abril de 1948.

75. El Relator, 12 de abril de 1948, p. 6.

76. Entrevistas 1 y 2, Puerto Tejada, 27 de noviembre de 2003. Cfr, Charry, Carlos, Los sucesos del 9 de abril de 1948 en Cali: liminalidad y transformaciones del poder social en el Valle del Cauca, (1928-1949), Cali, Universidad del Valle, Facultad de Ciencias Sociales y Económicas, Maestría en Sociología, 2005.

77. Relator, 10 de abril de 1948, página central

78. Cfr. Betancourt, Op. Cit. p. 285.

79. Entrevista con Clara Zawadsky, Cali, julio 11 de 2003. Cfr. Charry, Op. Cit.

80. Cfr. Mills, Charles W., La elite del poder, México, Fondo de Cultura económica, 1987.

81. El Relator, 12 de abril de 1948, p. 6.

82. AGV, Secretaría de Gobierno, decreto 404 del 9 de abril de 1948.

83. AGV, Secretaría de Gobierno, decreto 405 del 10 de abril de 1948.

84. AGV, Secretaría de Gobierno, decretos 406 y 407 del 10 de abril de 1948.

85. AGV, Secretaría de Gobierno, decreto 413, 414 y 415 del 11 de abril de 1948.

86. AGV, Secretaría de Gobierno, decreto 409 del 10 de abril de 1948.

87. AGV, Secretaría de Gobierno, decreto 422 del 13 de abril de 1948.

88. AGV, Secretaría de Gobierno, decreto 427 del 14 de abril de 1948.

89. En relación a la función simbólica de las ficciones comentó Norbert Elias: "Por supuesto, no siempre se puede decir en un determinado estadio del desarrollo cuáles futuros son posibles y cuáles imposibles. Pero la invención de futuros improbables o imposibles en forma de utopías también puede cumplir alguna función. Al igual que las descripciones de futuros posibles, ellas son expresión de los sueños, deseos y temores de los hombres en un determinado periodo. Quisiera indicar brevemente qué entiendo por utopía o mejor, en qué acepción creo que se suele emplear este término y, en consecuencia, sobre qué voy a tratar. Una utopía es una representación fantasiosa de una sociedad, que contiene unas propuestas de solución a una serie de problemas sociales aún no resuelta. Puede tratarse de unas imágenes deseables tanto como indeseables. En una utopía también pueden confluir simultáneamente deseos y pesadillas. Por lo tanto, las utopías de generaciones pasadas pueden servir a sus descendientes como un indicador fiel, acertado, de las angustias y esperanzas, de los anhelos y las pesadillas de sus grupos ancestrales, de los anhelos sociales, los grupos etáreos o de género, e inclusive de naciones enteras". Elías, Norbert, "¿Cómo pueden las utopías científicas y literarias influir sobre el futuro?", en: Figuraciones en proceso, Bogotá, Utópicas Ediciones, 1998, pp. 16-17.

90. Arbeláez, Jotamario "¡Mataron a Gaitán!" en: Nada es para siempre, Bogotá, Aguilar, 2002, p. 77.

91. Op. Cit. p. 78

92. Ibid.

93. Ibid.

94. Ibid.

95. Ibid.

96. Op. Cit. p. 79.

97. Ibid.

98. Mayolo, Carlos, ¿Mamá, qué hago?, Bogotá, Oveja Negra, 2002. Se citan apartes de las páginas 20, 22 y 23.

99. Sobre lo cual comentaba cínicamente la editorial del periódico en la edición del 3 de abril de 1948: "De victoria en victoria. El conservatismo va de victoria en victoria, hasta la consolidación del poder. Se dice que somos minoría, pero eso el diablo que lo entienda. Esta bien. Somos minoría, pero estamos arriba. Algún celebre escritor dijo que es mejor estar en minoría arriba que en mayoría abajo. (...) Los partidos políticos son, en países como el nuestro, mayoría cuando están en el gobierno y minorías cuando están fuera de él. No podríamos explicárnoslo, pero la verdad es esa. (...) Le damos al doctor Gaitán la gabela que quiera. Le dejamos su gente y no le vamos a quitar la garganta para que grite todo lo que quiera. También lo autorizamos para que eche la piedra que le provoque. Estamos en el gobierno y eso basta. Lo demás `pal´ gato".

100. El Gato, 17 de abril de 1948, página central. Además en el pie de foto del gorila aparecía la siguiente aclaración adicional: "En vista del actual estado de cosas nos hemos visto obligados a nombrar un director que esté a tono con la situación. A tal fin, la junta directiva de EL GATO pidió a Puerto Tejada esta bello ejemplar, de la familia de los antropomorfos, para que reemplazara en la dirección al doctor Frisco (Francisco Gonzáles), quien se encuentra escondido".

101. El Gato, 24 de abril de 1948, p. 7.

102. Hechos posteriores, como la masacre en la Casa Liberal en octubre de 1949, en la que fue vilmente asesinado un grupo de refugiados desplazados por la violencia, son una muestra fehaciente de tal modo de figuración social y de la política de pacificación adelantada por los gobernantes departamentales, en especial por el laureanista Nicolás Borrero Olano.

103. Así por lo menos lo consideraban los editorialistas del Diario del Pacífico, dirigido por los hermanos Guillermo y Juan Borrero Olano, quienes categóricamente afirmaban: "La Resistencia Civil es la causa de la Violencia en el Valle del Cauca. Directivas subalternas liberales son las responsables. El gobierno departamental está resuelto a defender el tesoro de la voracidad de ciertos cabildos, dijo el doctor César Tulio Delgado en su extraordinaria intervención de ayer en la asamblea." Y añadían: "Dijo el secretario de gobierno que resistencia civil empieza por quitarle el sobresueldo al alcalde, disminuirle el personal y suspender a la policía. Sin la vigilancia de los agentes de la autoridad se precipita a los municipios al peligro del bandalaje. Es allí donde radica, honorables diputados, la Violencia que está enseñoreando en el Valle del Cauca", Diario del Pacífico, 11 de diciembre de 1949, página central.

104. Para una interpretación aproximada del impacto contemporáneo de las relaciones socio-raciales en la vida urbana de Santiago de Cali se puede consultar: Charry, Carlos, "Blanco corriendo, atleta; negro corriendo, ratero. Segregación y status racial en Santiago de Cali. Un análisis experimental desde la música a las dinámicas de reproducción sociocultural de la ciudad", en: Revista de Antropología y Arqueología no. 14, Bogotá, Universidad de los Andes, Departamento de Antropología, Marzo de 2003.

105. Entrevista # 3, Cali, julio 15 de 2003. Charry, Carlos, Los sucesos del 9 de abril de 1948 en Cali: liminalidad y transformaciones del poder social en el Valle del Cauca, (1928-1949), Cali, Universidad del Valle, Facultad de Ciencias Sociales y Económicas, Maestría en Sociología, 2005.

N.E: El anterior texto es una versión revisada de algunos de los análisis consignados en el trabajo: Los sucesos del 9 de abril de 1948 en Cali: Liminalidad y transformaciones del poder social en el Valle del Cauca, (1928- 1949), Cali, Universidad del Valle, Facultad de Ciencias Sociales y Económicas, Maestría en Sociología, 2005. Una primera versión apareció en el Anuario Colombiano de Historia Social y de la Cultura (ACHSC) no. 33. Bogotá, Universidad Nacional de Colombia, Departamento de Historia, 2006.